martes, 25 de enero de 2011

LA TORRE DE BEURKO




Según contaron nuestros mayores, hace ya muchos años existió una Casa-Torre en el barrio de Beurko, en cuya fachada pudo verse un escudo heráldico. Parece ser que estuvo situado en el barrio de Bagaza, al que por deformación los más antiguos llamaron Gabasa. Este lugar estaba cercano al campo de Lasesarre, junto al río Galindo.



No más de media docena de caseríos se desperdigaban por la zona “gabasarra” cuya dedicación cotidiana era la labranza y el pastoreo e incluso la pesca, pues rico en peces era el río Castaños y mucho y más variado era el río Galindo, cuando la contaminación era un mal desconocido.



La convivencia en el lugar era tranquila y pocas veces podían verse personas ajenas a no ser familiares allegados de otros barrios o pueblos cercanos. Pero estos acontecimientos solían celebrarse con motivo de las fiestas o ceremonias religiosas, como eran bodas y bautizos. Los fallecimientos también resultaban ser una fiesta, ya que era tradicional que los parientes y amigos del difunto fueran invitados a comer, formando corro frente a las mesas, en las que se depositaban grandes perolas de guisado o asados, bien de oveja o de ternero.
Esta costumbre de dar de comer a los asistentes a los oficios funerarios era costeada por los familiares y fue muy generaliza, aunque con el paso de los años, cayó en desuso.



En la Casa-torre de Beurko residían los señores del mismo apellido, lo que hace suponer que era la familia más poderosa del contorno que formaba el barrio. La convivencia era buena pero existía la diferencia de linaje entre los aldeanos y el señor de la Torre, que solía ser el dueño de la mayoría de las tierras que circundaban la propiedad, razón por la que no era frecuente el enlace matrimonial de la alcurnia con los plebeyos y por lo que estos casamientos siempre iban unidos a los de las otras Casas, como eran los Larrea, Salazar, Ayala, Retuerto y otros apellidos de abolengo.



Ocurrió cierto día en que por el fallecimiento del abuelo y señor de Beurko, se dio cita casi todo el contorno de las Encartaciones, para honrar al difunto. Los actos religiosos tuvieron lugar en la iglesia de San Vicente y seguidamente a su enterramiento, junto a los muros de la Parroquia.



Después el séquito se trasladó a la Torre para la degustación de las viandas, acostumbradas en estos casos. El acto consistía en obsequiar a los amigos y parientes más allegados a degustar copiosas comidas que se prolongaban hasta dar buena cuenta de todo el ganado sacrificado y conste que esto era un halago para los familiares del muerto.



Una vez de haber formulado el pésame a los hijos, entre los que se encontraba el Mayorazgo, dueño y señor de la Torre, se fueron dispersando todos los comensales. No así un joven rubio que se quedó merodeando junto a la casa solariega de los Beurko.



- ¿Qué haces tú por aquí?, preguntó el Mayorazgo, don Gonzalo de Beurko.
- Pues ya ve usted. Llegué ayer acompañando a mi tío y creo que se ha marchado y me ha abandonado.
- ¿De dónde eres? ¿Cuántos años tienes?
- Resido con mis tíos en Abellaneda, en Sopuerta, y tengo 16 años cumplidos.
- Bueno y ahora qué pretendes hacer, pues sin trabajar no es fácil subsistir, aseveró don Gonzalo.



- Eso ya me lo sé, por eso espero que alguno de este lugar me diga dónde y qué es lo que debo hacer, ya que no pienso volver con mis tíos. Ellos no tienen ningún afecto a mi persona y estoy harto de tantos desprecios. Es más, yo diría que me trajeron aquí con la intención de dejarme sólo en este pueblo, contestó apesadumbrado el joven.



- Creo que quizá puedas quedarte con nosotros, pero recuerda que tendrás que ganarte el pan que comes. En caso contrario ya sabes por donde has venido. Ya me dirás cómo te llamas, para saber a quién premio o castigo.
- Mi nombre es Santiago Murrieta y tengo muchas ganas de triunfar en la vida.
- ¡Bien chaval, bien!. Te desenvuelves con buen desparpajo, pero recuérdalo una vez más, tú estás aquí para trabajar. De momento búscate un lugbar en la cuadra para dormir. Paja hay de sobra por lo que no te será incómoda la estancia. Aquí es costumbre madrugar, así que ya sabes, espero no tener que despertarte.
- No se preocupe usted. Soy muy responsable de mis actos y no le defraudaré, y si no, al tiempo, respondió el rubiales.




Amaneció el día y el joven Santiago ya estaba en pie a la espera de que el señor de Beurko le diera las órdenes para realizar su trabajo, que no fueron otras que llevar media docena de vacas al campo, así como una buena punta de ganado cabrío, teniendo muy en cuenta de que éstas no rumiaran los árboles frutales. Estando el sol en lo alto, el estómago del joven empezó a protestar, saciando su apetito con talo y un trozo de carne. Sin perder de vista al ganado, se encontraba el improvisado pastor, cuando, apenas sin darse cuenta, se le acercó una desgarbada y guapa muchacha, en cuyas manos portaba una vara de avellano.
- Por lo que veo debes ser el nuevo criado de mi padre ¿verdad?, preguntó la quinceañera moza baracaldesa.
- Así que tú eres la hija de don Gonzalo, contestó Santiago.
- Me ha mandado mi padre para decirte que vayas a comer y que vuelvas pronto. Yo tengo que ayudarle a mi amatxu en casa y no quiero que me riña.
- Te prometo que vengo volando para no hacerte esperar. Pero antes, dime por favor cómo te llamas, aunque por la pinta tienes que llamarte María, dijo el zagal alegremente.



- Pues la verdad es que en casa me llaman Maruja, repuso sonriendo la ruborizada chiquilla.
- Bueno, no te hago perder más tiempo. ¡Hasta luego, Maruja!. Se despidió a la vez que ponía en marcha sus largas piernas.
- ¡Agur!, acertó a decir la vergonzosa muchacha.
Fueron pasando los días, meses e incluso los años y el joven Murrieta cumplía fielmente las obligaciones que le imponía el casero, sin que en ningún momento levantara la voz de protesta, pese a que los trabajos más duros siempre recaían sobre el apuesto mozo encartado.
Las relaciones amorosas entre Santi y Maruja se fueron haciendo más íntimas, e incluso se hicieron promesas de amor eterno. Un amor que estaba destinado al fracaso debido a las diferencias económicas de ambos muchachos.
A Edelmira, la joven esposa de don Gonzalo Beurko, no le pasó desaparcibida la íntima amistad que los dos jóvenes se profesaban, y no dudó en ponerlo en conocimiento de su marido.
- Querido Gonzalo, sólo piensas en trabajar y no te das cuenta de la ya más que amistad que tiene tu hija con el pastor. Creo que cuanto más tiempo trascurra, peor será el arreglo, insinuó la señora de la Torre.
- ¿No me dirás que se entienden los chicos?, preguntó el padre muy molesto.
- Yo diría que hay algo entre ellos. Les veo muy encariñados y yo no soy partidaria de que esto ocurra, así que haber cómo te las arreglas y solucionas la cuestión.
- Siendo así y si tú me lo pides, desde este momento puede marcharse de esta casa. Primero es nuestro honor ante las pretensiones de ese cazadotes, sentendió el Mayorazgo.
- No se trata de que le despidas, es muy trabajador y eso nos interesa, pero puedes prohibirle que ronde a nuestra hija. Lo que podemos hacer es internar a Maruja en algún convento y con el tiempo se irán olvidando, dijo la casera.
Pronto cambiaron las cosas para los jóvenes enamorados y mientras uno cargaba con los peores y más duros trabajos, la permanecía encerrada en casa, con lo que el diálogo entre ambos se hizo imposible.
Edelmira, que siempre vio con buenos ojos al joven de Abellaneda, se volvió más cariñosa con el chico y, muy cínicamente, responsabilizó a su marido de todo cuanto estaba ocurriendo. Sin quitarle la vista de encima se atrevió a acariciar el rostro del mozo encartado, a la vez que procuraba atraerlo hacia su pecho para consolarle o sabe Dios si no sería para consolarse a sí misma. Para Santiago no pasó desapercibido este consuelo que parecía tan maternal, y notó que algo se estaba gestando en el corazón apasionado de mujer y madre, celosa de su hija enamorada. Con un fino ademán retiró el nervioso cuerpo de la señora a la vez que decía: madre ya tuve una y mi verdadero amor se lo tengo a su hija de usted, por ello creo que es mejor que no nos confundamos para evitar así males mayores. Usted ya tiene a su marido y yo puedo salir muy perjudicado con sus pretensiones, balbució el barbilampiño joven.
Nunca pudo pensar el mal talante que gastaba aquella señora, que el destino le negó para ser su mujer. La histérica Adelaida lanzó un griterío y pronto apareció el señor de la Casa-torre. El espectáculo montado por la desalmada mujer se prestó a la creencia, por parte de su marido, de que el joven había pretendido abusar de ella. Los recios puños de don Gonzalo pronto hicieron mella en el rostro de Santiago Murrieta.
Jadeante y maltrecho tuvo que abandonar la Torre, sin poder siquiera coger sus míseras pertenencias. Sin dinero y con su reputación mancillada lloró lo indecible.
La maquinación urdida por Edelvira también consiguió engañar a la desconsolada Maruja, que dentro de su histerismo y perdiendo todo encanto femenino, soltó toda clase de maldiciones sobre el joven.
El desconsolado Santiago procuró por todos los medios de encontrarse con Maruja, sosa que consiguió. En mala hora intentó darle satisfacciones a la moza, pues ésta le abofeteó y sus duras palabras le desolaron. Con la cabeza agachada tomó el camino del río Galindo y, allí, en la ermita de San Bartolomé, rezó y juró ante el Santo: ¡prometo y juro que volveré algún día!. Estas fueron sus melancólicas palabras, a las que puso broche al santiguarse. Poco después tomó un camino incierto, alejándose lo más rápidamente de Baracaldo.
Fueron pasando los años, quizás más de seis lustros, cuando cierto día apareció por el barrio beurkotarra un señor de fino porte y exquisitos modales, cuyas blancas sienes contrastaban con su traje negro de elegante corte. Nadie le conocía, pero él distinguía a todos cuando, en su lento caminar se dirigía a la ermita del santo, a quien juró volver. Sí, era Santiago Murrieta. Llegaba inmensamente rico ya que en todo ese tiempo había trabajado como minero, naviero y, posteriormente, banquero. La vida le había sonreído y quiso ser propietario de toda aquella tierra donde vivió y trabajó con ilusión, quimera truncada por la coquetería de una mala mujer. Acompañado de su secretario y cochero, fueron con el carruaje de caballos dando rodeos por los caminos junto a los prados, a la vez que señalaba los lugares preferidos para ser comprados. No faltaron las miradas de aquellos que pudieron haber sido su propia familia, pero pese a su insistente mirada, no pudieron relacionar al elegante forastero con aquel joven al que menospreciaron y maltrataron de palabra y obra. No obstante, algo quedó presente en la mente de la ya madura Maruja así como en la de sus ancianos padres. Era la fría sonrisa de una venganza que no pretendía, pero sí le agradaba.
El barrio baracaldés de Beurko no había tenido grandes trasformaciones y seguía poco más o menos tal y como lo dejó a su marcha. Cierto era que la Casa-torre estaba más deteriorada debido, sin duda, a los desperfectos de las pleamares, cuyas aguas llegaron a anegar las cuadras, con la pérdida total del ganado, cuyo propietario se vio muy menguado de recursos económicos, teniendo necesidad de vender una gran parte de sus propiedades, entre las que se dijo, incluyó la Casa-torre.
Habían pasado un par de meses cuando por el lugar hicieron su aparición el presunto comprador y su secretario, quienes ofertaron muy por bajo de su valor real. Los propietarios de la Torre de Beurko, allí presentes, una vez aceptado el trato de compra y venta quisieron saber quién sería el nuevo propietario, a lo que, con voz grave y cierta ironía, les respondió: el nuevo propietario soy yo, Santiago Murrieta, aquel joven al que ustedes difamaron y maltrataron hace ya muchos años. He vuelto para recordarles toda la perversidad que tuvieron conmigo. Les recuerdo que deben abandonar la propiedad lo antes posible y no les maldigo porque soy hombre de bien. Con el pecado que cometieron ya tienen bastante.
Fue algo más que penitencia el vivir de los Beurko, fue un verdadero calvario del que se culparon mutuamente, llegado a ser la risión, no sólo del barrio, sino de todo el pueblo baracaldés”.



Escrito por Carlos Ibáñez

EL PASTOR DE ARNABAL


Arnabal fue una zona minera situada en lo alto del barrio Barakaldes de regato. Como población minera tubo su importancia ya que contó, aparte de las minas,con su propio ferrocarril minero,con oficinas,con cuartel de la guardia civil y con escuelas para niños y niñas. No estará de más recordar tanto a don Martín Santurrón, como a Doña María Buzar y Doña María Trigueros,maestros que allí impartieron clases.
Corrían los años de la década de 1920,cuando por la serpenteaste carretera que une Retuerto con el El Regato-actualmente buena parte de este antiguo camino está cubierta por las aguas del pantano-caminaba un mocete cuya edad no parecía superar la docena de años”.Su rumbo era incierto lo que mostraba que la ignorancia o las circunstancias le hicieron tomar el camino de la cuenca minera Barakaldesa El lento caminar del flaco y pálido muchacho denotaba cansancio. Sus paradas y largas sentadas ,junto al cantarían rió Castaños, hacían sospechar que el rapaz había huido de casa.
En las aguas frescas lavó sus hinchados pies así como su sudorosa cara y cabellera,a la vez que saciaba la sed de su reseco gaznate en la milenaria fuente de Iguliz. Tras un breve descanso siguió su jadeante caminar hasta el lugar de Charanguero ,no sin antes haberse provisto de una buena descogotada de sabrosa pavías,que guardaba entre su sucia y rota camisa y la cuerda que sujetaba su pantalón corto,del que cabria pensar que su anterior propietario tuvo mas anchas sus posaderas.
Nochecita ya cuando escuchó el lejano sonar de las esquilas y cencerros de un rebaño. El chaval tomó acomodo entonces junto al riachuelo,donde pretendió conciliar el sueño. La noche era clara y las estrellas fugaces correteaban por el espacio como queriendo ser juguetes del pobre vagabundo. No tardó mucho en dormirse en lo mas profundo, cuando sus ilusiones se vieron desveladas por el berrear de las ovejas .E su ansia por beber agua en el rió casi pisotearon al delgaducho muchacho. Siguiendo a las ovejas apareció el pastor y,junto a el, su peludo y vivaracho perro que atendía al nombre de Batió,cuyos ladridos eran coreados por la palabra cariñosa de su dueño,llamado Ocasiono,que al amanecer iniciaba la marcha para pastorear en el nuevo día.
Se frotaba los ojos el pequeño trotamundos cuando el viejo pastor le pregunto:
¿Qué haces tú por aquí muchacho?
- Voy camino de las minas en busca de trabajo -respondió el muchacho.
- Creo no equivocarme al decir que tú no eres de por aquí, ¿verdad? -insistió Ocasiono.
-No señor, soy asturiano.
- Lo mejor que puedes hacer es venirte conmigo y reponerte un poquito pues mucho me temo que no sirvas ni para llevar el botijo del agua de los mineros -le propuso el pastor.
Creo que tiene razón, estoy desfallecido y me cuesta hasta andar. Pues vamos al prado y repartiremos la comida para los dos -propuso Ocasiono.
Amena resultó la jornada para el pastor, pues no le faltó diálogo con un semejante y no con su perro, como acostumbraba. Bien comenzaron las cosas y el pequeño trotamundos dejó de serlo para convertirse en el zagal del rebaño. El trato y contrato consistió en seis ovejas del rebaño con sus crías al año, comida y ropa. Éstas fueron las ofertas que hizo Ocasiono y que, a su vez, fueron aceptadas por el pequeño asturiano.
Después de comer, Ocasiono quiso saber y nada mejor que preguntar, ya que era necesario que el chaval se identificara porque pudieran estarle buscando los familiares, y él no podía ni debía ser encubridor del abandono del hogar por parte de un menor. Me parece muy bien -dijo el chiquillo-. Me llamo Florentino Cerilla y soy asturiano. Mi abuelo murió hace algo más de un mes y hace unos días me escapé de su casa. Al verme solo decidí marcharme para recorrer el mundo.
Bueno -dijo el pastor- ¿Pero es que no tenías más parientes para haberte quedado con ellos? No, no tenía a nadie más que a mi abuelo, y los vecinos no me trataban nada bien. Me decían que yo estaba endemoniado y nunca me dedicaron palabras cariñosas. Cierto es que algo hay en mí que no comprendo, ya que cuando pretendo hacer las cosas bien algo hace que me salgan mal. Mi abuelo me reñía constantemente, y también me acuerdo de algo que murmuró en cierta ocasión y que le entendí, como que si yo era fruto de un crimen pasional, pero nunca supe que era eso. Y ahora me estoy dando cuenta de que debí marcharme mucho antes de aquel lugar en que sólo recibí desprecios a mi persona.¿Y cómo se llama tu pueblo? – preguntó una vez más el interesado pastor. No se lo puedo decir, pero sí que recuerdo que era muy sucio, las caras de los hombres casi siempre estaban pintadas de carbón. Eran mineros. También había rebaños de cabras por los montes y vacas blancas y negras por los prados – comentó una vez más el chiquillo. Casi me estoy figurando que tu pueblo pertenece a la zona minera asturiana, quizá pudiera ser La Felguera ¿no?Pues algo así me pareció que lo llamaban -acertó a decir el joven asturiano.
* * *
Pasaron los años, y de aquel famélico muchacho que llegara de la cuenca minera asturiana sólo quedaba su casi extinguido acento astur al hablar. Su figura también había cambiado. Era un
buen mozo resultó, aún cuando sus modales eran bruscos y su carácter seguía siendo más bien huraño. Pese a estos inconvenientes no se perdía el ir a las romerías, bien de Cruces o las del mismo El Regato, así como la de San Ignacio en Bengolea . Las chicas le ponían buenos ojos a los que él no rehuía. Lo malo era cuando ellas se enteraban de que era pastor, entonces ya no resultaba un buen partido, ni tan encantador.
Todas estas cosas y otras muy similares no pasaban desapercibidas por la mente de Florentino. Poco a poco le fueron minando su pensamiento. Él quería ser algo más en la vida: tener dinero para recrear su vanidad La monotonía pastoril le hizo ser taciturno y hasta Batió, el pequeño y fiel compañero, solía pagar las consecuencias de su mal humor.
Ocasiono pronto se dio cuenta de aquella transformación y cierto día dijo:
¿Qué te pasa hijo? Te veo muy triste y pensativo, y eso no es bueno y puedes enfermar. Debes volver a ser alegre.
Gracias por su interés -dijo Floren muy apenado- hay algo dentro de mí que me abrasa las entrañas. Es el ansia que me dice que debo de salir de la pobreza y ser un hombre de ciudad y no un rudo patán del monte.
Aún eres muy joven y tú bien sabes que yo no estoy sobrado de salud, así que cuando yo muera, tú serás mi único heredero. Cuando esto ocurra -continúo Ocasiono- puedes vender el rebaño, y con los ahorros que poseo podrás rehacer una nueva vida … pero para esto tendrás que esperar a que Dios me llame.
- ¡Gracias, muchas gracias! Es usted muy bueno… y ya quisiera yo parecerme a usted – susurró Florentino.
* * *
Eran los primeros días del mes de marzo del año 1933 cuando, en la sobremesa nocturna de la rústica cabaña pastoril, conversaban los dos pastores bajo una temblorosa y tenue luz de un candil de carburo. Dentro de muy pocos días tendré que ir a Deusto para llevar una buena punta de corderillos. Se acerca el día de San José, y allí son muy dados a comer cordero asado en la romería y nunca regatean el precio. Así que será una buena parte de dinero para engrosar nuestros ahorros. Lo que usted diga -acertó a decir el taciturno Florentino, cuya mente vagaba en el más allá y sólo Dios sabía con qué raras intenciones.
Amanecía la fresca y prometedora mañana de un nuevo día cuando Ocasiono emprendía la marcha con dirección a Bilbao. Un pequeño borriquero tiraba de un carro y su mercancía eran unos corderitos que, con lastimero balar, parecían conocer su triste destino. Junto al carricoche saltaba Batió presintiendo que su dueño iba a prescindir de él, como así fue. Los lastimeros ladridos del fiel animal se dejaban oír hasta su paso por Mesperusa y, obediente al fin, tomó camino atrás para ponerse a las ordenes del zagal que, siguiendo la costumbre una vez más, ascendió con el rebaño hasta los pastos de Treskilotxa, donde pasaría la jornada.
Anochecía ya cuando el zagal, con buen criterio, tomó su larga vara de avellano a la vez que silbaba al fiel Batxi que, decidido y ladrador, puso en marcha a las remolonas ovejas. Pudo haber sido pura coincidencia, pero lo cierto fue que al lado del redil se juntaron de pronto con Ocasiono, que acababa de llegar de Bilao y que con aires de triunfador dijo a Florentino:Hoy he hecho un buen negocio, he cobrado casi el doble de lo que yo creía ganar en el trato … Y vosotros ¿qué tal? Por aquí no ha habido ninguna novedad y tanto el perro como yo hemos estado tranquilos – dijo Floren. ¡Me alegro mucho! -dijo Ocasiono al tiempo que sacaba del bolsillo un pequeño saquete de cuero con un buen montón de monedas cuyo sonido denotaba que eran de plata.
Una vez contadas y sonadas las piezas en la rústica mesa que había en la cabaña, Ocasiono apartó aquélla a un lado y tras levantar una tosca piel, que hacía las veces de alfombra, apareció un agujero en el suelo en cuyo interior podía verse un viejo perol. Contenía un buen montón de monedas, así como un buen fajo de billetes enrollados.
Todo este dinero será tuyo, querido Floren. Todo será tuyo cuando yo muera. Como ves no quiero tener secretos contigo, y menos ahora que no estoy muy sobrado de salud. Así que si algo ocurriera ya sabes dónde está el dinero.¡Es usted muy bueno, Ocasiono! -tartamudeó el zagal-. Es mucho dinero el que me confía y, a veces, es mejor ignorar para no tener malos pensamientos.
Ordeñaron las ovejas y después de una buena cena con pescado frito y unos pastelitos, que Ocasiono había traído, finalizaron la jornada. Después, tras el obligado y breve diálogo bajo la luz del candil, se acostaron. Florentino a penas pudo conciliar el sueño. En su mente se dieron cita todos los males que su cuerpo albergaba, y pronto surgió el deseo de matar para adueñarse del dinero de su bienhechor Ocasiono. No tuvo problemas para cometer el crimen. Un certero hachazo fue el final de una vida humana. El improvisado verdugo tuvo que dar un nuevo golpe de hacha para decapitar a Batió, cuyos lastimeros aullidos podían levantar sospechas anticipadas.
* * *
Una vez realizado el crimen era necesario preparar la huida, cosa que Florentino realizó con rapidez, ya que sólo quería el dinero. Tomó rápidamente la subida del monte por la Arboleda, y siguiendo las vías del ferrocarril minero se adentró en Somorrostro para continuar camino de Santander.
Los vecinos de El Regato pronto se extrañaron de que las ovejas de Ocasiono no salieran a los pastos. Se dio la alarma a la Guardia Civil de Amaba, y tras no muchos días dieron caza al malvado Florentino cuando ya estaba en la capital de la montaña. Convicto y confeso fue condenado a cadena perpetua, condena que realizó en el Penal de Santoña.
El 18 de julio del año 1936 fue un gran día para el malvado Floren. La guerra civil española fue su momentánea salvación ya que le ofrecieron alistarse en el ejército como voluntario para ir al frente de batalla. Equipado como un miliciano más fue destinado al frente de Gerundiano donde las escaramuzas de Villa real de Lava y Subidera fueron en parte la tumba del ejército vasco.
En la densa niebla de cierto amanecer, cuando la tropa tomaba su mísero desayuno, una bala perdida encontró lugar donde acomodarse. Fue en la cabeza de un soldado que se distinguió más por su cobardía que por su coraje. El muerto era Florentino Cerilla, al que nadie lloró por su muerte, ya que ésta la llevaba dentro de su perverso corazón.

miércoles, 19 de enero de 2011

EL COLIBRÍ Y LAS FLORES


Hace muchísimos años, todos los pájaros tenían las plumas del color de la tierra. Eran todas iguales. En cambio las flores eran rojas,azules,amarillas,violetas,anaranjadas...
Un día el colibrí dijo.
-¡Como me gustaría tener mis pumitas del color de las flores¡
Los otros pájaros les pareció una gran idea y decidieron pedirle al dios inri,el sol,que coloreara sus plumas como lo había hecho con las flores.
Y allá se fueron todos trabajaros,volando hacia el cielo. Algunos se quedaron porque les gustaban sus plumas del color de la tierra. Ye colibrí se quedo para cuidar a las flores,ya que no quería dejarlas solas. Los pájaros volaron y volaron,pero el sol estaba muy lejos. Nunca llegarían. Entonces,con-padecido,el dios inti junto unas nubes e hizo llover. Luego,con uno de sus rayos formo un gran arco iris.
Los pajeros,felices,se revoloteaban entre los colores. Uno se zambullo en el rojo,otro en el amarillo. Algunos se salpicaban con varios colores. Otros metían la cabeza en un color y el cuerpo en otro. Pero todos quedaron preciosos. Y el colibrí cambien quedo precioso,porque aunque no pudo viajar,las flores agradecidas por su compañía le regalaron un pedanteo de sus colores.

Simbad el marino



Muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdag vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
- ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...
" Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdag..." legado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente lo hizo Simbad y el habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamante con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar
Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdag vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
- ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...
" Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdag..."
L legado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.
Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...
" Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
L legué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar."
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...
"Hubiera podido quedarme en Bagdag disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar.
De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..."
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.
"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas..."
Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.
"Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos."
Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo...
FIN
a su nido, sacándome así de aquel lugar."
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...
"Hubiera podido quedarme en Bagdag disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar. De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..."
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.
"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas..."
Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.
"Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos."
Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad armador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo...

LA RATITA PRESUMIDA




Erase una vez una ratita que estaba barriendo la puerta de su casa y cantaba:!!tralará larito barro mi casita y todos los dias la misma tarea, tralará larito barro mi casita”
y de repente se agachó y cogió una moneda que había en el suelo. ¿Que me compraré? ¿Que me comprare?.
Ya lo tengo:Me compraré caramelos. No,no que se me ensuciaran los dientes. Siguió pensándolo, ¿Que me compraré? Ya lo tengo: Me compraré un lacito para mi cola.
La ratita fue a la tienda y compró un lazo rojo y lo puso en su cola y se sentó a la puerta de su casa.
Al poco rato pasó por allí un perro que al verla tan elegante a la ratita le dijo:-Ratita, ratita pero que bonita estás. ¿Te quieres casar conmigo?.
¿Y por la noche que harás? Preguntó la ratita?.
! Guau, guau, Guau! Dijo el perro.
No,no que me asustarás.
Y el perro se marchó ladrando de rabia .Todavia se veía al perro por el camino llegó un gallo muy emplumado que al ver tan bonita a la ratita le dijo:Ratita,ratita pero que rebonita estás, ¿Te quieres casar conmigo? ¿Y por la noñe qué harás? le preguntó la ratita Quiquiriquí.,Quiquiriquí .No.no que me asustarás.Y el gallo fue a buscar una gallina. A los dos minutos pasó por allí un gato y al ver a la ratita se acercó y le dijo:Ratita ratita, pero que rebonita estás,¿Te quieres casar conmigo?.¿Y por la noñe que harás? Preguntó la ratita.¡Miau,miau! No.no que me asustarás Y el gato se alejó maullando.Una hora más tarde pasó por alli un ratón y al ver a la ratita le dijo:Ratita ratita,pero que rebonita estás ¿Te quieres casar conmigo?.Y la ratita le pregunto ¿Y por la noche que harás?Dormir y callar.Pues contigo me he de casar.La ratita presumida se casó con el ratón y vivieron felices,comieron perdices y a nosotros nos dieron con los huesos en las narices.

LOS TRES CERDITOS

En el corazon del bosque vivian tres cerditos que eran hermanos,
El lobo siempre andaba persiquiéndoles para comérselos.Para
escapar del lobo, los cerditos decidieron hacer una casa. El
pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.
El mediano construyó una de madera. Al ver que su
hermano pequeño había terminado ya,se dio prisa para irse a jugar
con él.
El mayor trabajo en su casa de ladrillo.
Ya veréis lo que hace el lobo con vuestras casas- riño a sus
hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande.
El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él corrió hasta su
casita de paja, pero el lobo sopló y la casita de paja
derrumbo.
El lobo persiguió también al cedito por el bosque, que corrió a
refujiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y
sopló y la casita de madera derribó.


El lobo persiguió tambié al cerdito bosque, que corria a refujiarse en casa de su hermano mediano.Pero el lobo sopló y sopló y la casita de madara derribó. Los dos cerditos salieron pitando de alli.

Casi sin aliento,con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor.

Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. Ellobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar.Con una escalera larguisima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea.Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. Ellobo comilón descendió por el interior de la chimenea,pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldo.
Escapó de alli dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.
Fin

EL PANDERO DE PIOJO


Había una vez un rey que tenia una hija. Un día,la muchacha sintió que tenia un extraño picor en la cabeza. El rey aparto su hermoso cabello rubio y descubrió un pequeño piojo.
¡Que piojo tan atrevido!-exclamo el rey-.Instalarse en la cabellera de una princesa...Lo encerraremos en una tinaja para que crezca y como castigo,cuando su tamaño sea suficiente,haré un pandero con su piel.
Así lo hicieron, y el piojo creció tanto que el rey pudo al fin hacer el pandero.
Hija -dijo el rey -este pandero que he mandado hacer con la piel del piojo que te molesto sera quien decida tu futuro marido y el futuro rey de estas tierras .El hombre que adivine el material con el que esta hecho sera el afortunado que obtenga tu mano. Así lo haré saber.
Después del anuncio del rey,muchos jóvenes guapos y valientes fueron hasta el castillo para intentar adivinar de qué estaba hecho el pandero,pero ninguno de ellos conseguía acertar. Los días pasaban y la princesa estaba triste porque veía que muchos candidatos desfilaban ante sus ojos, pero ninguno era capaz de resolver el enigma.
Un día,se presentó ante el rey un viejo para probar suerte. El hombre recibió el pandero de la mano de un criado y empezó a tocar.
-¡Este pandero no suena!-gritaba exageradamente-.Sin sonido nunca adivinaré el material con el que está hecho.
El rey sonriendo,se acercó al oído de su hija y le murmuró:
-Este viejo sordo jamás descubrirá que el pandero es de piel de piojo.
Pero el viejo, que era muy listo,siguió tocando. Después de un rato,anunció la gran respuesta:
El rey le miró asombrado y la princesa rompió a llorar porque sabía que debía casarse con aquel viejo sordo.
-Enhorabuena-gritó el rey al viejo-,esta misma noche se celebrará la boda. No hay tiempo que perder.
En tan sólo unas horas, el rey preparó una gran ceremonia con un banquete inmenso y un divertido baile. Terminada la fiesta, los recién casados se dirigieron a la habitación. La princesa, muy triste, se asomó a la ventana y se puso a llorar. El viejo sintió lástima y le dijo:
-No llores. Yo ya soy muy viejo y lo único que quiero es un poco de compañía para mis últimos días. Jamas seré rey de estas tierras ...soy incluso más viejo que tu padre.
Después de decir estas palabras de consuelo a la joven princesa,se acostó y se quedó dormido. La joven,enfurecida, hizo un pequeño hatillo con lo que creyó necesario y sin dudarlo se escapó del castillo en medio de la oscuridad de la noche.Treinta días anduvo sin descanso.Treinta días sin comer otra cosa que lo que encontraba en el camino.

Estaba muy débil y no podia caminar mas .Asi que de pronto junto a un rio la princesa fruto del cansancio se desvanecio.Cuando volvio en si estaba confusa , en una cama muy blandita con sabanas limpias.
-Buenos dias, muchacha

La princesa sobresaltada se giro hacia el lugar de donde provenia la voz.Habia un joven muy guapo sentado en un sillon .
-¿ Quién eres? ¿Dónde estoy?

-No te asustes. Estas en mi castillo. Soy el principe de esta region. Ayer estaba cazando y cuando llegue al rio ...
-Pero...quiero marcharme -interrunpió la princesa-.Mi padre, la boda, el viejo...repetia un poco aturdida aún.

-Tranquila .Ahora mis sirvientes te ayudarán a bañarte y te daran ropa limpia. Después, nos veremos en el comedor y tendremos tiempo para que me espliques todo lo que creas oportuno .

Dicho esto, el apuesto princípe salió de la habitación. La joven tomó un baño con jabones perfumados,se peino su hermosa cabellera y se puso las ropas limpias que el principe esperaba ya su llegada.

-!Qué hermosa estás ¡ Siéntate por favor y comamos algo .
-Muchas gracias por su amabilidad, -dijo la princesa de veras que tengo que ir a mi casa.Me escape hace ya muchos dias y mi padre estará preocupado.
-Vaya , una muchacha rebelde -sonreia el principe , Dime ¿quién es tu padre? Tu piel blanca y tus finas manos no son las propias de la hija de un herrero o de una campesina ¿De donde procedes ?

-Vera , majestad,en realidad no soy una campeina. Soy la hija del rey de las tierras que estan al otro lado de las colinas .
-¿Como? ¿Una princesa?-exclamó sorprendidoel principe-.Disculpame, por favor, yo no sabía...

-No, por favor no se preocupe. Con ese aspecto que debia tener es normal que no pensara que soy la hija de un rey.
-Pero ¿como es que te escapaste del castillo?-preguntoel principe.

-Mi padre -prosiguiola joven -prometio casarme con el hombre que adivinara de que esta hecho un pandero con tan mala suerte que el afortunado fue un viejo sordo. Mi padre me susurro que no tuviera miedo que un viejo sordo
nunca sabría que el pandero estaba hecho de piel de piojo,
pero insospechadamente, lo acertó, y esa misma tarde me tuve
que casar con él. Por la noche, mientras lloraba asomada a la
ventana, intentó consolarme, pero no quería estar con él, así
que aprovechando la oscuridad de la noche me escapé de mi
trágico destino. Cuarenta días anduve hasta que me desmayé y
aparecí hoy aquí.
- Pero princesa, ¿cómo un viejo sordo puedo acertar el
sonido de un pandero sin escucharlo? Y dices que te consoló
mientras llorabas asomada a la ventana, ¿no es cierto?
- Sí, claro.
- Entonces, si estabas asomada a la ventana no podía verte
llorar, ¿no es cierto?

- Sí claro, pero…
- Si sabía que estabas llorando –concluyó el príncipe- es
porque podía escucharte. El viejo no es sordo. Os ha
engañado. Es más, su oído es tan fino que pudo escuchar a tu
padre cuando te susurró aquellas palabras, con lo que sabía de
qué estaba hecho el pandero. Esa boda no es válida. Hay que
anularlo todo. Mañana iremos al castillo de tu padre y le
explicaremos todo.
Y así lo hicieron. Pasaron un día muy agradable paseando por
los jardines que rodeaban al castillo, montando a caballo y hablando
de sus cosas. Al llegar la noche regresaron al castillo para descansar,
pero la luna llena ya les había iluminado con su luz especial. Toda la
noche estuvieron pensando el uno en el otro. Por la mañana,
prepararon los caballos y emprendieron rumbo al castillo.
Cabalgando a toda prisa sin descanso, por la noche, llegaron a su
destino.
- Guardia –dijo el príncipe- avisa al rey de que el príncipe
vecino ha venido en visita oficial.
A los pocos segundos, la puerta del castillo se abría dejándoles
paso.
- ¿Qué se te ofrece por aquí, muchacho? Hace mucho que
nadie de tu familia venía a visitarme.
- He encontrado algo que creo que le gustará recuperar –
dijo el príncipe-. Se trata de su hija.
- ¿Qué sucede? – replicó el rey- Se escapó hace ya más de
un mes y no sabemos nada de ella.
- Está en el carruaje, pero no saldrá hasta que no anule la
boda con el viejo.

- Pero eso es imposible –protestaba el rey-. Di mi palabra
y la boda tenía que celebrarse.
- Sí, pero no con trampa. El viejo no es sordo y escuchó de
su boca la propia respuesta al acertijo.
- Es imposible –decía incrédulo el rey.
-¡No lo es! – interrumpió el viejo-. Es verdad que no soy sordo,
pero ahora ya nada se puede hacer. Ella es mi mujer y seré el nuevo rey
en cuanto acabe contigo.
- Guardias –alertó el rey-. Arréstenlo y que pase el resto
de su vida encerrado. Nadie se burla del rey. Nadie amenaza a
un rey. Y como recompensa por tu ayuda, joven príncipe, la
boda queda anulada y como pago te entregaré aquello de mi
reino que quieras poseer.
- Majestad –dijo tímido el príncipe-, si no le importa, lo
único que quiero de su reino es la mano de su hija.
- Lo he prometido y así lo cumplo. Cuando dispongáis se
celebrará la boda. Hasta entonces podéis quedaros aquí. He
dicho.
La princesa salió corriendo del carro, llorando (esta vez de
alegría) y abrazó a su padre. Después, besó a su prometido. A los
pocos días se casaron y la fiesta fue celebrada en toda la región. Los
nuevos príncipes vivieron muy felices y tuvieron dos hijos: el mayor,
que heredó el reino de su abuelo, y el menor, que heredó el de su
padre. Ambos reinos siempre estuvieron en paz, y todos los años, en
recuerdo del día de la boda, se celebraba una fiesta a la que estaban
invitados todos los habitantes de las dos regiones.

EL COLLARITO DE ORO


Era una niña a la que su madre compro un collar y le dice:
Mamá, me voy a jugar con mis amigas.
Pues trae para acá el collar, no le vayas a perder.
Que no, que me lo llevo.
Entonces la niña se fue a jugar al campo, lejos y se quitó el collar para noromperle y ya se hizo de noche yse fue corriendo para casa y se le olvidó el collar y llega a casa y le pregunta su madre por el collar.
-¿Y el collar?
-¡Ay! Se me ha olvidado.
-Pues ya estás a por él!
La niña, muerta de miedo, empezo a buscar y como estaba muy de noche, no lo encontró.Y salió un hombre:
Niña ¿que haces?
Busco un collar que me he quedado olvidado.
-Mira,asomate, que aquí en el zurrón le tengo.
Y según se asomó, la metió en el zurrón y se la llevó por todos los pueblos, y entonces llegaba a las plazas de los pueblos y la gente se arremolinaba yél decía:
Mirad señoras lo que traigo aquí.
Y le decia al zurrón:
-¡Canta, zurrón, canta, que si no te pincho con una lanza!
Y empezaba la niña a cantar:
-Por un collarcito de oro que en un zarzal me quedé, ahora me veo sin padres,sin beber y sin comer.
Así por todos los pueblos hasta que llegó al pueblo de la niña, y en la plaza el hombre volvió a decir lo mismo:
¡Canta, zurrón, canta, que si no te pincho con una lanza!
Y la niña cantó,
Estaba la abuela de la niña allí en la plaza y llegó la hora de comer y el hombre le dijo a la abuela:
-Mire usted, señora, ¿me puede guardar el saco estesaco en su casa?
Y se fué a comer.
Y entonces la abuela que estaba con todos los nietos y todos los hermanos y empezaron los niños:
-Abuela hazme una rosca,
Y dice la otra niña.
-Y a mi otra,
Y dice la otra niña:
Y a mí un roscón, que por eso estoy en el zurrón.
Y dice la abuela:
¡ Uy! Yo diria que esa voz me suena.Volvez a decir lo mismo.

Y otra vez :
_Abuela, hazme una rosca.
Y dice la otra niña:_Y a mí un roscón, que por esoestoy en el zurrón.
_Ah! Sí esa voz es la de mi niña.
Y ento nces abrieron el zurrón y salió la niña, le llenaron el zurrón al hombre de sapos yculebras.Llegó el hombre y dijo:
_Señora, ya estoy aquí, ya me puede dar el zurrón.

Se va el hombre a otro pueblo y decia:

_!Canta zurrón canta, que si no te pincho con una lanza!

Y el zurrón no cantaba.

Entonces,tanto pinchar el zurrón con la lanza,se rajó el saco y salieron los sapos y las culebras y se lo merendaron.